Cosificación de la Mujer


Hace pocos días nos levantamos con la noticia de que el magnate Hugh Hefner había fallecido, y las redes sociales estaban muy activas recordando a este personaje que muchos consideran un símbolo histórico de libertad de expresión y liberación sexual.

Aunque él nunca consideró su revista como promotora de la pornografía (ya que creía que no era sexualmente explícita, sino “glamurosa”) debemos tener presente que él sí vio en la mujer un objeto y no una persona. ¿Qué logró con esto? Desvalorizar a la mujer; más que ayudarla a tener una voz, lo que hizo fue contribuir a hacer de su cuerpo un objeto para el placer visual del hombre.

Lamentablemente, Hefner representa la cultura de una época encapsulada en el puritanismo, en donde el cuerpo y el sexo eran mal vistos y del cual nadie hablaba en público. Por eso, la llegada de la revolución sexual es la respuesta -errada- a esa forma de ver la sexualidad. ¿El sexo es bueno? Sí, es muy bueno, Dios lo creó y Él no puede crear nada malo. Sin embargo, la actitud hacia la sexualidad entre un hombre y una mujer tiene que ser entendida a través del sacramento del matrimonio, donde uno se dona al otro con total desinterés y sin pedir nada a cambio.

Hace poco, comentando sobre la situación de muchas mujeres solteras que no encuentran un varón digno para formar una familia, un amigo me comentaba: “El problema es que hay muchos chicos y pocos hombres, y eso es una consecuencia de la falta de padres en la familia. El ser humano aprende por imitación, si un niño no ha visto la forma correcta de tratar a una mujer -esto es como el padre trata a la madre delante de sus hijos- el futuro varón no sabrá cómo tratar a una mujer”. Me quedé pensando. Básicamente podemos llegar a la conclusión que lo mismo ocurre en las niñas que no han visto la forma correcta de ser tratadas y valoradas.

Ser hombre y mujer en una sociedad actual es reconocer el valor que cada ser humano tiene delante de Dios. No soy más por mi cara bonita o mi cuerpo escultural, ni por mis conocimientos, ni mi posición social, sino porque soy hija de Dios. Y eso es algo que, sobre todo las mujeres, debemos recordar. Por eso, la pornografía denigra a la persona humana, porque ayuda a contemplar el cuerpo del otro como un objeto. Un objeto para sacar provecho y satisfacer deseos y necesidades, a expensas de lo que el otro sienta o quiera. Es el egoísmo en su máxima expresión.

Pero así como la pornografía denigra a la persona, hay que reconocer que también insatisface. Es decir, en ese acto el ser humano no encuentra plenitud. El hombre muy dentro de sí sabe que no hay nada en este mundo que pueda satisfacer su deseo de infinito. El Catecismo de la Iglesia Católica dice en el No. 27: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”.

La cosificación de la mujer tiene muchos niveles y muchos matices, y todo tiene su inicio en la década de los 60 con la revolución sexual. El problema es que nos pasamos de un extremo al otro, de lo rígido nos pasamos a lo laxo y ninguno de los dos caminos es el correcto. Hay que aprender el verdadero significado y valor de nuestro cuerpo, como hombre y como mujer. Aprender a respetarlo sin mojigatería, pero dándole el tributo digno y correcto que le corresponde.

Una mujer puede ser muy atractiva sin tener que enseñar su cuerpo. Es una lástima que modelos, gente de farándula, portadas de revistas, publicidad y medios de comunicación en general todavía crean en la necia idea de que la piel vende. Ese no es el camino para ser valorizadas, para demostrar que la mujer tiene voz y que tiene algo que decir. Esa no es la manera de proponer el cambio en la sociedad que tanto ansiamos.

Utilicemos nuestra inteligencia y nuestras capacidades femeninas como la intuición, la amabilidad, la sonrisa abierta, la mirada atenta y el consejo puntual para demostrar a los Hefner que todavía quedan en el mundo de que no somos algo para cosificar sino para amar, respetar y proteger.


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