Valorando La Virtud de La Pureza


En los primeros versículos del Génesis se dice que Adán y Eva no tenían vergüenza de estar desnudos. El estar desnudos era una manera de reconocer la gran inocencia que tenían en sus corazones, era una manera de decir, “esto es lo que soy y sé que me muestro como un regalo para ti”. Ninguno de los dos podía defraudarse, pues ambos se sentían a gusto consigo mismos y valoraban lo que el otro tenía para entregar.

Veían en el cuerpo del otro un regalo del amor de Dios. Entre ellos no existían máscaras, no necesitaban aparentar nada, no era preciso disfrazar las falencias o tapar las equivocaciones. Todo era perfecto, hasta que llega el pecado original, y con ello un sentimiento inmenso de vulnerabilidad.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, una persona vulnerable es alguien que puede ser herido o recibir una lesión física o moral. Podríamos añadir también una lesión espiritual. Una vez cometido el pecado, Adán y Eva ya no reconocen el regalo de amor que describen sus cuerpos, lo que ven a partir de ese momento queda todo deformado y en vez de agradar al otro, lo que intentan es sacar provecho del otro; en vez de amar, utilizan.

Por eso, la pureza es una buena virtud que hay que cultivar, porque en el fondo sabemos que el cuerpo es sagrado, y que solo debe ser presentado tal cual es ante la persona indicada, la correcta, aquella que reconocerá el regalo de amor descrito en el cuerpo, aquella que no faltará a la confianza dada ni se aprovechará de esa fragilidad física; y la Iglesia Católica nos reafirma que ese encuentro se da en el sacramento del matrimonio. La esencia de la pureza consiste en afirmar rápidamente el valor de la persona en cada situación, más allá de sus atributos físicos.

Por el contrario, la lujuria de nuestra sociedad es una consecuencia de la pérdida de esa pureza original de Adán y Eva. Hablamos del pudor que nos ayuda a honrar nuestros cuerpos y el cuerpo de los demás como algo santo. De un dador-receptor de amor, nos convertimos en ladrones de momentos y de emociones. Con el pudor trato de decir: “mi cuerpo no es lo mejor que tengo. Es bueno, sí, pero tengo algo mejor”. La pureza invita a conocer, por eso revela más.

El problema de las jovencitas que desean mostrar mucha carne con tan poca ropa no es que revelen de más, o revelen demasiado, por el contrario, es que revelan muy poco. Solo muestran piel. Piensen esto: mientras menos piel enseñes, más revelas sobre ti. ¿Por qué? Porque das la oportunidad a que te traten más, a que te conozcan más. Invitas al otro a que sepa más de ti, tus gustos, tus alegrías, tus sueños… Has que se enamoren de tu corazón no de tu cuerpo.

Lamentablemente, en esta sociedad de consumo que nos ha tocado vivir, todo se centra en el sexo. Muchas jovencitas piensan que, una vez que han dejado de ser vírgenes ya no importa con quién se acuesten, o cuántas veces lo hagan. La pregunta entonces es ¿quieres ser amada o quieres ser usada? El sexo no es una necesidad, la necesidad es amar, y la capacidad de amar se la debe demostrar con el respeto mutuo. Por eso es tan importante un hombre que no solo te respete, sino que te ayude a mantenerte pura.

Sabemos que ante Dios hasta los más pecadores tienen la oportunidad de ser perdonados y toda nuestra impureza puede quedar restaurada con tan solo pedir su misericordia acudiendo al sacramento de la reconciliación; nos lo recuerda el libro de Isaías 1, 18: “Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fuere rojos como el carmesí, cual la lana quedarán”.

Termino con esta bella frase de San Juan Pablo II: "La pureza es exigencia de amor". Si lo contrario de pureza es suciedad ¿Quién desea estar sucio?


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