"La Vida es Injusta"


Una de las mentiras más peligrosas del mundo moderno es pensar que la vida debe ser fácil y cómoda. Incluso, ciertas personas creen que tienen derecho a esta comodidad y facilidad, que es una especie de derecho humano fundamental.

Muchos de nosotros hemos hecho nuestro este pensamiento sutil, aunque no nos demos cuenta. Cuando nos llega alguna dificultad, cuando la vida se pone incómoda o difícil, casi que nos enojamos ante esa injusticia. Como si fuera algún tipo de crimen cósmico que viola nuestra vida fácil que creemos que debemos tener. Nos quejamos y nos enojamos con Dios por trastornar nuestros sueños.

La verdad es que la vida no siempre es justa. Las cosas no siempre son fáciles, ni pretenden serlo. Eso no significa que alguien en particular, y menos aún Dios, sea el culpable. A veces las cosas son como son. Y aceptar ese hecho es el primer paso hacia la real libertad.

La generación anterior, más fuerte, tenía un dicho que se escuchaba con frecuencia: "La vida es dura y luego te mueres". A primera vista, el dicho suena brutal y pesimista, como si la vida fuera un largo y miserable camino coronado con la negrura del vacío. Pero mirándolo con otra luz, este refrán tiene una verdad más profunda: solamente cuando aceptas la vida como es, es que puedes realmente vivir con alegría.

Las personas que vivieron antes del advenimiento de la mecanizada modernidad eran más realistas. Lejos de anticipar una vida de comodidad con aire acondicionado, esperaban que la vida fuera dura, incluso dolorosa. Ganarse la vida implicaba incuestionablemente trabajo, sudor y sacrificio. Había dolor en el camino. Sin embargo, lejos de deprimirlos, esta expectativa los liberaba para disfrutar plenamente del placer y de las cosas simples que tenían. Cuando esperas que las cosas sean difíciles, disfrutaras más de tus ratos de ocio.

El objetivo de la sociedad secular moderna ha sido, en muchos aspectos, una larga búsqueda para erradicar el sufrimiento. En un mundo sin Dios y sin sentido objetivo, el sufrimiento es el mayor mal. Aquellos de nosotros que hemos crecido en este mundo secularizado hemos sido criados para creer que tenemos derecho a una vida libre de dolor y maximizada por el placer. Si en última instancia no podemos escapar del sufrimiento, por ejemplo debido a una enfermedad, podemos llegar incluso a quitarnos nuestra propia vida para evitarla.

Sin embargo, paradójicamente, la misma expectativa de que la vida debe ser libre de dolor es lo que nos causa el mayor sufrimiento. Porque el dolor en la vida es verdaderamente inevitable. Vendrá de una forma y en algún grado u otro. En palabras de la antigua Salve Regina, vivimos en un "valle de lágrimas". Las pruebas son innatas en mundo desordenado y caído. Cuanto más internamente nos resistimos a este hecho inmutable, más ansiedad, cólera y amargura, nos causará ese sufrimiento.

En la vida, la alegría que experimentamos está directamente relacionada con nuestro estado de ánimo. "Bendito el que no espera nada", decía G.K. Chesterton "porque disfrutará de todo". Si esperamos facilidad, comodidad y placer sin fin, las dificultades serán un golpe grosero y fuerte. Pero si esperamos que la vida incluya dolor e incluso tristeza, no nos sorprenderemos cuando llegue. Prefiero soportarlo con paciencia, suplicando la misericordia de Dios para perseverar. También recibiremos los regalos de alegría y placer que experimentamos con todo el humilde asombro que viene con una sorpresa inesperada e inmerecida, diciendo con corazones llenos, Benedicamos Domino: ¡bendigamos al Señor!


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