El Cuerpo y La Sangre de Cristo


Continuando con las celebraciones litúrgicas del mes de junio, acabamos de recordar la Solemnidad del Corpus Christi. Esta fiesta fue celebrada primeramente en Bélgica en el año 1247, pero en el año 1264 el papa Urbano IV publicó la bula Transiturus ordenando que se celebre a nivel mundial. Es la fiesta en la que recordamos que Jesús está verdaderamente presente -con su cuerpo y con su sangre- en la sagrada Eucaristía. Santo Tomás de Aquino, a pedido del papa Urbano IV compuso algunos de los cánticos y oraciones que proclamamos este día.

El pasaje del evangelio de san Juan que leíamos, es parte del famoso Discurso del Pan de Vida que está en el capítulo 6, donde Jesús proclama que “si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”, provocando gran alboroto entre todos los presentes, incluido sus propios apóstoles.

Pensemos por un momento cómo habrá sido la mentalidad de la época. Aquellos judíos estaban acostumbrados a no comer la sangre de ningún animal, pues estaba prohibido por el mismo Dios. En la sangre se encontraba el espíritu que daba vida (Deuteronomio 12, 23). Son 613 preceptos que aún hoy contemplan los judíos, y la carne de res debía ser sacrificada de una manera específica por un sacerdote. Por tanto, tomar la sangre de un ser humano y más aún cometer canibalismo era algo realmente incomprensible. Pero Jesús es categórico.

La cumbre de nuestra fe es la real presencia de Jesús en ese pedazo de pan que a simple vista es insignificante. Dios no solo se hizo hombre, sino que se hace pan, pan vivo, para que todo el que crea en Él no muera sino que tenga la vida eterna. Es el milagro por antonomasia, expresión máxima del milagro de Amor. El Dios que creó el cielo y la tierra, que lo puede todo, que lo renueva todo, se recluye en una porción de pan para que tú y yo lo comamos, lo mastiquemos, lo traguemos y nosotros seamos uno junto con Él.

San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos enseña que “la Eucaristía es el sacramento del Novio y de la Novia”. El novio es Jesús, su novia es la Iglesia. Es la unión perfecta que la escritura nos recuerda cuando san Pablo proclama: “Gran misterio es este”. El Cardenal Joseph Ratzinger -en ese entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe- también lo intuye así en su libro Teología de la Liturgia, al decir que la eucaristía “corresponde a la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio. Así como se convierten en "una sola carne", así en la Comunión, todos nos convertimos en "un solo espíritu", una sola persona, con Cristo.”

La Eucaristía es la gracia gratuita a la que podemos acceder diariamente, porque Dios mismo lo desea. No desperdiciemos la oportunidad de encontrarnos diariamente con nuestro Creador y de adorarlo. ¡Si entendiéramos la maravilla que se esconde ante nuestros ojos recurriríamos sin pensarlo al altar más cercano a postrarnos ante su presencia real y poderosa!


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