La Santísima Trinidad


Este mes de junio está lleno de celebraciones hermosas. El primer domingo festejamos la llegada del Espíritu Santo sobre los apóstoles que se encontraban reunidos con miedo a ser detenidos, justamente en la fiesta judía de Pentecostés. Este domingo que acaba de pasar conmemoramos a la Santísima Trinidad, un solo Dios en tres personas. Luego vendrán las fiestas de Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús.

Pero detengámonos hoy en la celebración de la Santísima Trinidad. Dios es Trino. ¿Y qué significa eso? Como lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica en el No. 221: “"Dios es Amor" (1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él”. ¡Qué buena noticia! Dios es un intercambio infinito de amor y gozo, y nos invita a ese glorioso intercambio.

El Concilio de Constantinopla, en el año 381, declaró la consustanciación del Espíritu Santo con el Padre y con el Hijo, ya que el Concilio de Nicea solo había tratado la relación del Padre y del Hijo. Por eso, en nuestro Credo expresamos: “Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre; que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, que habló por los profetas”.

A lo largo de la Sagrada Escritura encontramos esbozos de este dogma de fe. Por ejemplo leemos en Génesis 1, 26: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra”. Así podemos encontrar numerosas referencias de una acción conjunta, no aislada, de la Santísima Trinidad. Pero fue el mismo Señor Jesús quien reveló esta verdad a sus apóstoles cuando dijo: “Vayan y bauticen en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Personalmente me gusta mucho el saludo paulino que encontramos en 2da carta a los Corintios 13, 13: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”, tal vez porque en algunas ocasiones el sacerdote inicia de esta manera la santa eucaristía.

El evangelio de san Juan que leímos en esta celebración fue corto, de apenas tres versículos, pero tiene un poderoso mensaje. El primer versículo lo dice todo: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Dios nos está ofreciendo la vida eterna con tal de creer que su unigénito vino a salvarnos. Y esa vida eterna que nos espera es la presencia perpetua envueltos en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; estaremos por los siglos inmersos en su amor.

Todo lo que la Iglesia Católica es, enseña y cree, gira en torno al misterio del Amor. Así lo demuestra el No. 234 del Catecismo de la Iglesia Católica: “El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía de las verdades de fe". Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo".

Aprovechemos este mes de grandes celebraciones litúrgicas y tengamos presente que cada vez que hacemos la señal de la cruz estamos invocando a la Santísima Trinidad.

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