La Templanza: Una Virtud Cardinal


Cuando lo pienso, todavía me asombra que en Estados Unidos una vez se aprobó una enmienda constitucional que prohibía el alcohol. El movimiento que lo hizo posible estaba compuesto por un montón de señoras mayores que consideraban que el alcohol era uno de los mayores males conocidos por el hombre.

Desafortunadamente, se equivocaron al autodenominarse como el movimiento de la "templanza", cuando deberían haberse llamado el movimiento de la abstinencia. A través de sus esfuerzos, todo, desde la cerveza hasta el vino y el whisky fue declarado completamente ilegal. Esta locura tuvo corta duración, pero marcó para siempre el nombre de la templanza, una virtud que todos debemos admirar y perseguir.

La buena noticia es que la templanza no se trata sólo de evitar el alcohol. Tampoco se trata del consumo sin alegría de alimentos y bebidas en cantidades minúsculas. Entonces, ¿qué es esto exactamente?

Definiendo la templanza

La definición más simple de la templanza es "la virtud que modera en nosotros el deseo desordenado de placer sensible, manteniéndolo dentro de los límites asignados por la razón y la fe" (Intimidad Divina).

Antes de la caída, todos los sentidos físicos estaban en completa armonía controlados por la razón. El primer hombre nunca se obsesionó compulsivamente con comer o tener sexo o emborracharse. Nunca fue adicto a nada, y nunca experimentó antojos insanos.

Pero después de que el pecado entró en el mundo, todos los sentidos físicos, por naturaleza buenos y saludables, se desataron y dejaron de ser controlados por la razón. Nuestro poder de dominio de sí mismos se perdió, y empezamos a derivar naturalmente a un exceso malsano en la búsqueda del placer físico.

Estos sentidos descontrolados nos hacen, de muchas maneras, como un niño suelto en una tienda de dulces. Todo lo que podemos pensar es en el placer del momento, y nos regodeamos en exceso sin preocuparnos por las consecuencias. Por supuesto, más tarde nos podemos enfermar y lamentar nuestra indulgencia, pero nos gusta de todos modos.

La virtud de la templanza, por otra parte, toma nuestros sentidos salvajemente libres y los vuelve a controlar, encausándolos en el reino de la razón. Ante la tentación del placer físico excesivo, la templanza nos permite evitar el exceso. En otras palabras, esta virtud nos permite disfrutar de una cerveza sin emborracharnos, o comer un pedazo de pastel sin convertirnos en adicto al azúcar.

Aprendiendo sobre la templanza

Como todas las virtudes, la templanza se aprende a través de la práctica y la paciencia. Si bien puede sonar a poca diversión, la única manera real de convertirse en una persona de templanza es a través de la oración y la abnegación. En otras palabras, tienes que decirte no a ti mismo de vez en cuando.

Los estadounidenses son especialmente malos en esto. Nos gustan grandes cantidades de todo. En lugar de una sola hamburguesa, queremos una triple hamburguesa con tocino, tres tipos de queso y todos los condimentos imaginables. Y queremos que vaya acompañado de una gaseosa “a lo grande”, de dieta por supuesto. No queremos una comida pequeña, cuidadosamente preparada y deliciosa, queremos un bufé de todo lo que puedas comer con decenas de opciones para complacerse.

Pero la ironía es que, si practicamos la templanza y nos controlamos a nosotros mismos, encontraremos que realmente disfrutamos más de las cosas y no menos. La templanza nos conducirá a una forma de gratitud y satisfacción que nunca podríamos encontrar en la excesiva auto indulgencia.

Aquí hay tres maneras prácticas de comenzar el camino hacia la templanza:

1) Toma menos de lo que quieres: Una vez más, esto puede no ser divertido al principio. Después de todo, realmente quieres tres bolas de helado. Sin embargo, sírvete menos de lo que quieres y saborearlo. Haz esto repetidamente y comenzarás a preguntarte por qué necesitabas siempre más.

2) Aprende a decirte que NO: El mundo te dirá que MERECES complacerte a ti mismo, que tienes derecho a la máxima cantidad de placer. Eso simplemente no es cierto. La próxima vez que quieras complacerte, solo di que no.

Una vez más, el punto de esto no es sólo una abnegación sin alegría, sino más bien un aprendizaje positivo de autocontrol que nos enseñará a disfrutar más.

3) Incomódate: Muchos de los santos han dicho que uno de los mayores enemigos de nuestra vida espiritual es el amor a la comodidad. Por ejemplo, queremos acostarnos tanto tiempo como sea posible en lugar de levantarnos de inmediato, ese tipo de cosas.

Si bien pueden parecer inofensivas, estas pequeñas auto-indulgencias suman y aumentan nuestro deseo de elegir el camino de menor resistencia. Comenzamos a valorar el placer y la facilidad más de lo que valoramos hacer lo que es correcto y bueno. Y nos volvemos intemperados, controlados por nuestros deseos en vez de por nuestra razón.

Obviamente, la mejor manera de superar este tirón gravitatorio hacia la facilidad es empujarte en un territorio incómodo. Si tienes la oportunidad, haz algunas cosas que no te gusten, incluso levántate temprano en lugar dormir hasta el mediodía. Esto ejercitará los músculos de la templanza, lo que te permitirá elegir el bien y negar tus apetitos cuando realmente no te sientes con ganas.

Conclusión

La templanza suele considerarse como una virtud melancólica y sombría, practicada por aquellos que no saben divertirse. Esto no es cierto. Cuando todos nuestros apetitos estén controlados por la razón y estén trabajando en armonía, encontraremos una nueva paz. Ya no estaremos a merced de nuestras ansias y deseos, sino que podremos hacer lo que realmente queremos hacer (como servir a Dios), en lugar de lo que las pasiones nos digan.

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