San Maximilano y El Pecado Constante


¿Has luchado alguna vez con un pecado grave? Quiero decir algo realmente serio. Seguramente te ha pasado que quieres con todo tu corazón romper con el poder que ejerce un pecado en particular en tu vida, pero no importa cuánto te esfuerces y ores, simplemente sigues cayendo en él. Te culpas constantemente y el pecado te impide acercarte a Nuestro Señor por miedo. En el sacramento de la reconciliación te sientes humillado por confesar otra vez lo mismo. Pero no importa cuánto odies la presencia de este pecado en tu vida, simplemente no puedes dejar de cometerlo.

El consejo de San Maximiliano Kolbe

Todos hemos estado en esa situación. Luchas como esta son parte de la vida de un católico. Pero ¿cómo manejamos este tipo de pecados que son repetidos sin caer en la desesperación? San Maximiliano Kolbe, cuya fiesta se festeja el 14 de agosto, tiene algunos consejos:

“Siempre que te sientas culpable, aunque sea porque has cometido conscientemente un pecado, un pecado grave, algo que has estado haciendo muchas, muchas veces, nunca dejes que el diablo te engañe permitiéndole desalentarte. Siempre que te sientas culpable, ofreces todas tus culpas a la Inmaculada, sin analizarlas ni examinarlas, como algo que le pertenece a ella...

Mi amado, que cada caída, aunque sea un pecado grave y habitual, siempre sea para nosotros un pequeño paso hacia un grado más alto de perfección.

De hecho, la única razón por la que la Inmaculada nos permite caer es para curarnos de nuestra presunción, de nuestro orgullo, haciéndonos humildes y así haciéndonos dóciles a las gracias divinas.

El diablo, por el contrario, en esas circunstancias trata de inyectar en nosotros el desánimo y la depresión interna, que en realidad no es otra cosa que nuestro orgullo volviendo a aparecer.

Si supiéramos la profundidad de nuestra pobreza, no estaríamos sorprendidos por nuestras caídas, sino más bien asombrados, y agradeceríamos a Dios, después de pecar, por no permitirnos caer aún más y más frecuentemente.”

Aprender a ser humildes

En otras palabras, lo que San Maximiliano está diciendo es que se nos permite caer para que aprendamos a ser humildes. Esto es esencial porque el orgullo es el enemigo número uno del alma, y ​​no importa cuánto avancemos en la vida espiritual, todo es una ilusión si estamos infectados con el orgullo y la autosuficiencia. Primero debemos aprender a ser humildes antes de que podamos hacer algún progreso real en la santidad.

El problema es que, si pudiéramos conquistarnos a nosotros mismos a través de la pura voluntad, rápidamente nos volveríamos autosuficientes y orgullosos. No tendríamos ni idea de lo patéticos y débiles que somos en realidad, ni cuán dependientes somos de la gracia de Dios aun para el más pequeño acto de bondad.

El pecado repetido, entonces, rompe todas nuestras ilusiones de poder hacer algo por nuestra cuenta. La abrumadora humillación que sentimos en cada caída puede ser algo bueno si nos lleva a depender de María, y a través de María, a Jesús, para todas nuestras necesidades (ten en cuenta que San Maximiliano está escribiendo a aquellos que se han confiado enteramente a los cuidados de Nuestra Señora).

Una lección en la escuela de Cristo

El pecado repetitivo puede ser doloroso, y en medio de nuestra humillación podríamos preguntarnos si alguna vez encontraremos victoria. De acuerdo con San Maximiliano, lo harás en el tiempo de Dios, siempre y cuando seas dócil.

Las dolorosas lecciones sobre la humildad son solamente la primera etapa de nuestro camino a la santidad. Piense en ellos como la primera clase en la escuela de santidad.

Eclesiástico, uno de mis libros favoritos de la Biblia, lo deja claro en el capítulo cuatro. A partir del versículo 11, dice: "La sabiduría a sus hijos exalta, y cuida de los que la buscan… El que la posee tendrá gloria en herencia..."

Pero adivina qué, esta exaltación viene sólo después de las pruebas de la humillación. El pasaje continúa diciendo: "Pues, al principio, le llevará por recovecos, miedo y pavor hará caer sobre él, con su disciplina le atormentará hasta que tenga confianza en su alma y le pondrá a prueba con sus preceptos."

Por supuesto, hay un peligro en esta prueba. Si nos desesperamos -un acto orgulloso de confianza- nos caeremos. Pero si aprendemos a ser humiles, nos salvaremos. Así lo resume Eclesiástico: "Porque hay una vergüenza que conduce al pecado [desesperación], y otra vergüenza hay que es gloria y gracia [humildad y verdadera contrición]".

Si pasamos la prueba y aprendemos las lecciones de humildad, "[Señora Sabiduría] le volverá al camino recto, le regocijará y le revelará sus secretos".

Conclusión

Toma el consejo de San Maximiliano y nunca te desespere cuando te enfrentes con un pecado grave repetitivo. La desesperación es verdaderamente el único pecado que Dios no puede perdonar. En su lugar, has el propósito de aprender a ser humilde y dócil a las gracias que Dios te envía. Persevera en gracia y espera pacientemente a Nuestro Señor. Él te lo dará a su debido tiempo.


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