La Autodefensa para Católicos


Imagínate que estás buscando parqueo en el centro comercial en un agitado fin de semana. Por fin encuentras a alguien dejando un espacio libre, que piensas ocupar en cuanto él salga. Pero debido al tráfico, no viste que otro conductor también estaba esperando el mismo lugar antes que tú. Tomaste el lugar del otro conductor y no lo sabías.

Mientras tú y tu familia dejan el auto, el otro conductor salta del suyo enfurecido, gritando obscenidades. Él es de contextura gruesa y parece que podría hacerte daño. Intentas calmarlo y explicar que no lo viste, pero no funciona. Finalmente, saca un cuchillo y empieza a amenazarte mientras se acerca a ti. Tu familia está aterrorizada. ¿Qué haces?

¿Es justificada la autodefensa?

Esperemos que esta situación nunca te ocurra, pero estos y otros escenarios similares ocurren todo el tiempo. Como hombres católicos, ¿podemos justificar la defensa de nosotros mismos y de nuestras familias? ¿O acaso debemos dar la otra mejilla?

La respuesta corta es sí, la defensa personal está justificada. Los Doctores de la Iglesia y el Magisterio han dejado claro que la autodefensa no es sólo un derecho, sino en algunos casos un deber. En el Catecismo, se presentan las pautas para saber exactamente cuándo es legítima la autodefensa. Echemos un vistazo a lo que tiene que decir.

En primer lugar, el Catecismo deja claro que matar a un ser humano siempre es algo grave, y nunca debe tomarse a la ligera. Obviamente, no podemos disparar y matar a cualquier persona que nos mire de mala manera (2261-2262). Pero luego, el Catecismo continúa explicando que el principio fundamental de la moralidad es el amor y la preservación de uno mismo (2264).

El amor hacia uno mismo sigue siendo un principio fundamental de la moralidad. Por lo tanto, es legítimo insistir en el respeto por el propio derecho a la vida.

En otras palabras, amar al prójimo no significa nada si primero no te amas de la manera correcta. Después de todo, Jesús dijo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". El instinto de auto conservación se basa en el hecho de que la vida es un bien que Dios nos ha dado. Tenemos un derecho intrínseco y fundamental a vivir. Por lo tanto, también tenemos derecho a defendernos.

Pero ¿hay que defender a los demás? ¿También tenemos derecho a defender a otros? Absolutamente. De hecho, defender a los inocentes no es sólo un derecho, es un deber. Tenemos la capacidad de dar nuestra propia vida por un bien mayor (como lo hicieron Jesús y los mártires de la Iglesia), pero no tenemos el derecho de sacrificar las vidas de los demás. Es decir, puedo entregar mi propia vida, pero nunca puedo sacrificar tu vida. El Catecismo lo aclara (2265):

La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un altísimo deber para el que es responsable de la vida de otro. La defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no poder causar prejuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad legítima tienen también el derecho de rechazar, incluso con el uso de las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad.

Si bien este párrafo se refiere específicamente a la defensa de la comunidad civil, también se aplica a la familia. Si alguien representa un claro peligro para la vida de tu esposa e hijos, tú tienes el derecho y el deber de hacer lo que sea necesario para protegerlos, incluso si eso significa matar al agresor. Y eso me lleva a mi siguiente punto.

Fuerza letal

Ahora que hemos establecido que la autodefensa es realmente justificada, surge el tema de la fuerza letal. ¿Podemos justificar alguna vez matar a un agresor? Hay ciertamente un buen número de católicos con inclinación pacifista que diría que no es justificable, nunca. A pesar de los sentimientos de estos católicos bien intencionados, sin embargo, la respuesta dada por la Iglesia es que sí, la fuerza letal puede ser justificada.

Pero antes de analizar en qué momentos está justificado matar a otro ser humano, permíteme decir primero que la Iglesia es, y ha sido siempre, defensora del sentido común. La Iglesia defiende la cordura en una época en la que la mayoría parecería estar loca, y esta cordura se aplica a todos los ámbitos de la vida, incluso la autodefensa. ¿Qué quiero decir? Bueno, soy un ex miembro de los Guardabosques de Colorado, una agencia estatal auxiliar en cumplimiento con la ley, y gran parte de mi entrenamiento fue el mismo utilizado para entrenar a los oficiales de policía. Lo que me sorprende es que los estándares para usar la fuerza letal que enseñaban a los oficiales de la ley son similares a los presentados en el Catecismo. Amigo, puedes confiar en la sabiduría de la Iglesia.

El Catecismo explica que la fuerza letal puede ser justificada si a uno no le queda otra opción. La muerte debe ser un último recurso después de haber intentado todos los métodos posibles. Esto es lo que el Catecismo, citando a Santo Tomás de Aquino dice (2264):

Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita [...] y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la de otro.

Santo Tomás, citado por el Catecismo, está básicamente diciendo: No dispares a alguien por robar tu cartera. Esa clase de violencia es innecesaria. Pero si alguien te saca un cuchillo y tiene la intención de utilizarlo, entonces puedes responder de igual forma. Responder a la fuerza con igual fuerza es una forma moderada en defensa propia.

La idea de la moderación en el uso de la fuerza es muy similar al "uso continuo de la fuerza" utilizado por los agentes de la ley. Aunque los detalles sobre la utilización de esta clase de fuerza no forman parte de este artículo, te diré lo básico: No mates a alguien a menos que no tengas ninguna otra opción. Si tu vida o la de otra persona están en peligro inminente, tienes derecho a usar la fuerza letal. Si hay alguna posibilidad de que otra cosa funcione (órdenes verbales, combate físico, spray de pimienta, etc.), tienes la obligación de intentarlo primero.

Conclusión

Los principios generales establecidos por la Iglesia pueden resumirse de la siguiente manera:

ï Tenemos un derecho legítimo a la autodefensa basada en el amor propio ordenado correctamente.

ï Tenemos el deber de proteger a los que están a nuestro cuidado, como nuestras familias.

ï La fuerza debe utilizarse con moderación. La agresión se debe responder con la misma medida.

ï Matar una vida humana en defensa propia debe ser el último recurso cuando todas las demás opciones se han agotado.

La autodefensa puede ser un asunto difícil, especialmente cuando se trata de la fuerza letal. Las situaciones de vida y muerte a veces implican tomar decisiones en segundos que pueden dejar a alguien muerto y alterar el curso de tu vida. Nunca, nunca, una vida humana debe tomarse a la ligera.

Terminaré con una cita de la carta encíclica del Papa Juan Pablo II, Evangelium Vitae, sobre la relación entre el respeto por la vida humana, la obediencia al quinto mandamiento y la autodefensa. Resume el tema a la perfección.

En efecto, hay situaciones en las que aparecen como una verdadera paradoja los valores propuestos por la Ley de Dios. Es el caso, por ejemplo, de la legítima defensa, en que el derecho a proteger la propia vida y el deber de no dañar la del otro resultan, en concreto, difícilmente conciliables. Sin duda alguna, el valor intrínseco de la vida y el deber de amarse a sí mismo no menos que a los demás son la base de un verdadero derecho a la propia defensa. El mismo precepto exigente del amor al prójimo, formulado en el Antiguo Testamento y confirmado por Jesús, supone el amor por uno mismo como uno de los términos de la comparación: « Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Mc 12, 31). Por tanto, nadie podría renunciar al derecho a defenderse por amar poco la vida o a sí mismo, sino sólo movido por un amor heroico, que profundiza y transforma el amor por uno mismo, según el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas (cf. Mt 5, 38-48) en la radicalidad oblativa cuyo ejemplo sublime es el mismo Señor Jesús.

Por otra parte, « la legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad ». [La cita es del No. 2265 en la primera edición del Catecismo de la Iglesia Católica.] Por desgracia sucede que la necesidad de evitar que el agresor cause daño conlleva a veces su eliminación. En esta hipótesis el resultado mortal se ha de atribuir al mismo agresor que se ha expuesto con su acción, incluso en el caso que no fuese moralmente responsable por falta del uso de razón.

¿Qué piensas tú sobre la autodefensa? ¿Sabrías cómo defenderte a ti o a tu familia si tuvieras que hacerlo?

#autodefensa

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