¿Muerte Digna?


Hace poco, gracias al fantástico mundo de Netflix, pude ver la película Amigos Intocables (Intouchables), un largometraje de origen francés del 2011, ganadora de algunos premios, que cuenta la historia real de un conde que es tetrapléjico llamado Philippe, y su cuidador Abdel, un inmigrante con antecedentes penales. De dos mundos diametralmente opuestos nace una verdadera amistad que se consolida por el simple hecho de que Abdel trata a Philippe sin la compasión y la lástima con la que está acostumbrado.

No pude dejar de compararla con la película que el año pasado estuvo tan de moda, Yo antes de ti. En una tenemos el despertar a la vida, en la otra, la muerte. Aunque en las dos películas los personajes principales tienen la misma discapacidad, la forma de enfrentar la realidad de Philippe nos deja una gran lección. En el otro lado solo preguntas. ¿Por qué alguien quiere quitarse la vida, o quitarle la vida a otra persona?

¡Muerte digna!, reclaman con toda autoridad aquellos que tratan de cambiar el significado a las palabras con eufemismos baratos, pero no es otra cosa que una muerte asistida, un homicidio, un asesinato. Para cualquier católico, la verdadera muerte digna debería consistir en la plena convicción de haber librado la buena batalla, como lo dice san Pablo, al final de la vida.

En el Génesis leemos que mientras Dios va creando el Paraíso, al final de cada día piensa que todo “estaba bien”, pero cuando termina su obra maestra, el ser humano, leemos que lo que había hecho “estaba muy bien”. Además, Dios le da al ser humano poder sobre todos los animales del cielo y de la tierra, le da la bendición y lo envía a llenar el mundo y gobernarlo. Pero pone una condición, no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque si lo hiciera, moriría sin remedio (Gn. 2, 17).

He querido recordar este pasaje bíblico porque aquí comienza nuestro destierro del Paraíso y sus consecuencias en nuestro mundo. Adán y Eva resolvieron que era mejor hacer a Dios a un lado porque molestaba en la toma de sus decisiones y desde entonces el ser humano cree que Dios interfiere en su felicidad. ¿Para qué necesito un dios si yo mismo puedo decidir qué está bien y qué está mal? ¿Para qué necesito un dios si va a limitar mis acciones y deseos? ¿Para qué necesito un dios si yo mismo puedo ser mi propio dios? Entonces, de creaturas quisieron ser creadores. Y ese fue el pecado. El “yo decido” se vuelve juez supremo de todo.

Leemos en Romanos 14, 8: “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos”. Nuestras vidas no nos pertenecen, le pertenecen al Señor y recordemos que fuimos comprados a un precio muy alto, con la Sangre del Cordero. Si yo soy solo administrador de los bienes, ¿qué me da a mí derecho para acabar con este bien tan preciado que es mi cuerpo?

La eutanasia atenta claramente contra el Quinto Mandamiento. Por más que lo queramos adornar con palabras y frases bonitas como muerte por piedad u homicidio por compasión, estamos acabando con la vida de un ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. En mi país, Ecuador, el artículo 45 de la constitución reconoce y garantiza la vida desde la concepción, pero lastimosamente en ninguna parte hace el mismo reconocimiento para el cuidado del ciudadano hasta su muerte natural. Por suerte, el Código de Ética Médica del Ecuador, en su artículo 90 expresa: “El médico no está autorizado para abreviar la vida del enfermo. Su misión fundamental frente a una enfermedad incurable será aliviada mediante los recursos terapéuticos del caso.” No obstante, existen doctores y juristas que consideran que la eutanasia debería ser aprobada como un acto de misericordiosa solidaridad con el que sufre.

Toda vida tiene un valor inmenso a los ojos de Dios y una dignidad plena por encima de toda la creación. La Declaración "Lura et bona" sobre la eutanasia, elaborada por la Congregación para la Doctrina la Fe y publicada el 5 de mayo de 1980 nos recuerda: “… según la doctrina cristiana, el dolor, sobre todo el de los últimos momentos de la vida, asume un significado particular en el plan salvífico de Dios; en efecto, es una participación en la pasión de Cristo y una unión con el sacrificio redentor que Él ha ofrecido en obediencia a la voluntad del Padre.”

¡Qué hermoso poder participar de la pasión de Cristo y poder aliviar, si en algo se puede, un poco su dolor! El verdadero cristiano debería ahondar en el significado de esas palabras y tal vez así comprendería mejor que esa vida que parece inútil tiene un valor inmenso a los ojos del Creador. En la delicada encrucijada de la vida y de la muerte, recordemos que Dios tiene un propósito en mente para todo, pero nosotros no tenemos los conocimientos adecuados para comprender su plan.

Los enfermos y los adultos mayores son los más expuestos a esta práctica de muerte, que no pretende aliviar el sufrimiento del desvalido, sino aliviar el propio sufrimiento, porque es mejor hacer a un lado y deshacerse de una realidad que duele. Pensemos que en el sufrimiento existe también un acto de redención, si se lo ofrece, tanto el enfermo incurable como aquel que lo atiende están acercándose más al Amor de Dios.


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