El Voto Católico


Debo comentarles que vivo en Ecuador, y en mi país estamos comenzando una campaña electoral para elegir nuevos mandatarios. Es por eso que, aprovechando esta disyuntiva nacional, quisiera hacer una breve reflexión sobre cómo debería ser nuestro criterio al momento de entregarle a un candidato el voto que lo llevaría al poder. ¿Cómo deberían votar los católicos? Mi intención no es hacer proselitismo, sino reflexionar sobre las cualidades que deberían tener nuestros representantes.

No está en los sacerdotes utilizar las homilías para informarnos por cuál candidato hay que votar, y sin embargo en ocasiones los laicos esperamos que ellos nos digan las directrices. Nosotros mismos debemos contemplar la posibilidad de investigar, evaluar y sopesar todo el abanico de posibilidades que se nos presenta. Pero, ¿cómo hacerlo?, ¿con qué criterio? Como católica, mi voto debe reflejar coherentemente mi pensamiento y estilo de vida.

Hoy en día, nuestra sociedad está siendo atacada por todos los frentes. Cuando estudié en el colegio, aprendí que la familia era el núcleo de la sociedad y sin embargo, este núcleo esta desvalorizado en el aspecto político, social, religioso y económico. Muchos piensan en no casarse, porque la vida es más sabrosa como solteros, y cuando se casan, muchos piensan en no tener hijos porque es más rico seguir viviendo sin ataduras económicas ni responsabilidades. ¿Quién va a responder por una sociedad sin nuevas generaciones? Es por eso que mi voto tiene que ir a ese candidato que defienda la familia, constituida por un hombre y una mujer.

La exhortación apostólica del Papa Francisco, Evangelii Gaudium, es realmente alentadora en muchos aspectos cotidianos. Sus palabras son de fácil entendimiento y por supuesto, hay frases geniales y muy típicas de él entre línea y línea. Comparto con ustedes este párrafo que resume el pensar de un votante católico responsable:

“¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad «no es solo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro- relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas». ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social.

Recordemos que nuestra nación fue consagrada al Santísimo Corazón de Jesús, así que pidamos su intercesión para que nos ilumine el día de las elecciones para votar con claridad por aquel candidato que no ponga el peligro aquellos valores que no son negociables.

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