¿Qué es Dios?


A lo largo de la Biblia, la presencia de Dios es contundente. Pero, ¿quién es? o ¿qué es?

“Yo Soy el que Soy” (Ex. 3,14). Así envió Dios a Moisés a liberar a su pueblo. Seguramente Moisés esperaba una respuesta un poco más elaborada cuando preguntó qué decir al presentarse ante los hijos de Israel. Aunque suene algo abstracto, la verdad es que la esencia de Dios es ser. Con la exclamación de ¡Shemá Israel! (Dt. 6,4) reconocemos que Dios es uno y solo a Él hay que rendirle culto. Por otra parte, el Nuevo Testamento, nos explica que “Dios es luz” (1 Juan, 1, 5) y que “Dios es amor” (1 Juan 4, 8).

Me gustaría quedarme con esta última expresión.

Dios, al formar al hombre y a la mujer, los creó a su propia imagen y semejanza. Esto significa que dentro de nosotros tenemos rasgos que nos identifican con el Creador. Si Dios es amor, eso me lleva a deducir que yo soy -o debería ser- amor. ¡Soy amor! Pero, ¿de verdad, lo soy?

¿Cómo explicar el amor de Dios si nadie lo ha visto, solo el Hijo? Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, allá por el año 1535 le escribe una carta al rey de España, Carlos V sobre una fruta desconocida en el Viejo Continente. Le dice: “arbolillo tropical de tronco fibroso, coronado por grandes hojas palmeadas y fruto grande, alargado de carne amarilla y dulce, parecido al melón”. El rey nunca iba a viajar al Nuevo Mundo pero quería saber qué cosas se estaba perdiendo. Por eso hacía que le describieran con objetos que conocía de manera tangible y sensible lo que nunca iban a ver sus ojos. De igual manera, la única forma de tratar de explicar el amor de Dios es a través de nuestra experiencia en el amor humano.

Dios es una comunidad de amor. Dios Padre ama profundamente a su Hijo, a quien amó antes de la creación del mundo (Juan 17, 24); el Hijo ama tanto a su Padre que acepta donarse como sacrificio para la salvación del hombre (Juan 10, 18); y ese amor entre ambos es tan fuerte y tan real que desciende y fortifica a los apóstoles (Juan 14, 26).

Así mismo, el ser humano está llamado a formar una comunidad de amor. Y la comunidad de amor por excelencia, establecida desde el inicio como entrega mutua entre varón y mujer, es la familia. El amor se aprende en casa, y como hijos, la primera enseñanza del amor es viendo a nuestros padres. Sus actitudes, sus gestos, sus palabras. Ese amor que se dona mutuamente, diariamente, es el reflejo del amor inmenso que Dios nos tiene. En forma sensible, a través de acciones, el hombre y la mujer se donan recíprocamente.

“Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Juan 15, 13). Con esta expresión, Jesús anticipa la forma de su muerte. La entrega total de ese Dios que es amor, la vemos reflejada en la crucifixión de Jesucristo. Si el pecado había entrado por medio de la carne, la salvación también debía de darse a través de la carne. Y en la Cruz vemos esa donación desinteresada y eterna.

Al iniciar el rito de la santa misa, luego de la señal de la cruz, el sacerdote suele dirigirse a la asamblea diciendo estas palabras: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”. ¡Qué manera más bonita de comenzar este sacramento con la presencia de la Trinidad!

¿Pensaron que me había olvidado de la fruta? Solo estaba dándoles tiempo a que piensen… Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez estaba describiendo la papaya, originaria de Centro América.

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