Cultura de La Muerte Vs. Cultura de La Vida


Las noticias, los periódicos, las redes sociales nos confirman todos los días que seguimos en un mundo lleno de violencia. La violencia ha evolucionado con los cambios de la humanidad, se ha adaptado a las nuevas tecnologías, a las nuevas formas de comunicación. Pero la esencia es la misma: el más fuerte y poderoso ataca al débil e indefenso.

Eliminar la violencia parece imposible de alcanzar. ¿De dónde nace la violencia que genera tantas muertes? La cultura de la muerte, como la denominó Juan Pablo II, tiene su origen en Satanás, padre de la mentira, la muerte y el odio. “La muerte entra por la envidia del diablo (cf. Gn 3, 1.4-5) y por el pecado de los primeros padres (cf. Gn 2,17; 3, 17-19). Y entra de un modo violento, a través de la muerte de Abel causada por su hermano Caín. Este pecado no puede quedar impune y Dios castiga a Caín. Sin embargo, se muestra misericordioso en su castigo y lo protege de quienes querían matarlo en venganza. Así, Dios nos enseña que una persona nunca pierde su dignidad y que no existe ninguna justificación para quitar la vida a otra persona.

Hoy, se percibe una gran contradicción cuando se promueven valores como la justica, la democracia, la paz, pero se acepta tantas ofensas contra la vida humana. El respeto por la dignidad de la persona y la vida constituyen el pilar fundamental de toda sociedad. No es posible el progreso de un pueblo si este no valora el derecho más básico: el derecho a la vida. Sin este derecho no tiene sentido ningún otro. Por lo tanto, no puede existir verdadera democracia ni verdadera paz si no se respeta la vida.

La cultura de la muerte tiene como objetivo eliminar a los más débiles, quienes necesitan de mayor protección, amor y acogida son vistos como una carga insoportable, inútiles para la sociedad y, por tanto, despreciados. Juan Pablo II enumera las formas en que la cultura de la muerta ataca: mediante los homicidios, genocidios, el aborto, la eutanasia, la trata de personas, la esclavitud, las torturas, los anticonceptivos, las técnicas de reproducción artificial…

Muchas de estas prácticas en contra de la vida se las disfraza como un bien para la pareja y la sociedad, justificándose con el argumento del control natal. Y se ha logrado convencer a muchos de usar estas técnicas de forma voluntaria gracias al individualismo, el relativismo y el eclipse de Dios.

El concepto de libertad se ha tergiversado. La libertad se la vive desde una óptica individualista, en donde el “yo” está por encima de los demás, y se permite pisotear a otros. Como consecuencia, los más débiles salen perjudicados. Esta libertad es falsa pues se la ha desligado de la verdad, sino ¿Cómo es posible que se justifique tantas muertes sosteniendo que es por una presunta piedad o porque es mejor para la sociedad? Esta libertad ha desnaturalizado a la persona al irse contra su misma naturaleza, contra sus propios hermanos. Es por ello, que esta mentalidad vacía y egoísta va destruyendo la sociedad. Así lo dijo Juan Pablo II: “Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado perverso e inocuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás”.

También se ha producido un eclipse de Dios, y por tanto, del hombre. Lo cual ha llevado a una crisis profunda de conciencia, borrando la línea del bien y del mal. Se han cambiado las prioridades al sustituirse los valores del ser por los del tener, enalteciendo el materialismo y la belleza superficial. Se ha deformado la visión de la persona, de su cuerpo y su sexualidad, empobreciendo las relaciones interpersonales, puesto que están basadas en el placer y la satisfacción sexual en lugar del amor y la entrega incondicional.

El eclipse de Dios ha dado espacio a la dictadura del relativismo ético. Esta ideología niega la existencia de verdades absolutas, y propugna que cada cual tiene su verdad. Por tanto, no existen actos objetivamente buenos o malos. Al negar la verdad, se niega a Dios y se niega al hombre. El gran peligro del relativismo es que se aleja de la verdad y de los valores.

Por ello, las ofensas contra la vida en lugar de disminuir ¡han aumentado! Y lo que es más grave, se han legitimado. Esto no es algo nuevo, la esclavitud era legal, las políticas nazi fueron legales y hoy son muchos los Estados que han aprobado leyes en contra de la vida.

Hay que tener en cuenta que el relativismo es intolerante, y por ello, buscará atacar a todo aquel que busque y enseñe la verdad. Pero cada persona puede encontrar la verdad en su interior, pues ha sido impresa en la naturaleza humana por el Creador. “La ley natural se convierte de este modo en garantía ofrecida a cada quien para vivir libremente y ser respetado en su dignidad, quedando al reparo de toda manipulación ideológica y de todo arbitrio o abuso del más fuerte”. (Benedicto XVI)

La cultura de la vida se nos presenta como luz en medio de estas tinieblas. El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Aunque la vida terrenal es temporal, es sagrada, pues es creada por Dios “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado.” (Jr. 1, 5) El quinto mandamiento exige respeto por la vida de todas las personas, y Jesús lo llevó aún más lejos con el mandamiento de amor al enseñarnos a amar a todos, incluso a los enemigos. Juan Pablo II dice: “No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales.” Y nos pide de forma urgente una movilización general para poner en práctica una gran estrategia a favor de la vida.

La cultura de la vida debe manifestarse en el heroísmo de los pequeños gestos de amor que se pueden realizar cada día. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? (St 2, 14).

Todos debemos poner nuestro granito para construir una cultura de la vida. En palabras del Cardenal Cipriani: “Dar cosas materiales es relativamente fácil. Lo difícil es dar la vida, es darse. Dar un pedazo de mi ser, una partícula de mi espíritu, el desgaste de mi cuerpo, el tesoro de mi tiempo, la vibración de mis sentimientos, el sentido entero de mi vida, toda mi existencia: construir el corazón de los demás con los pedazos de mi corazón”. Pero la recompensa será inmensa: la vida eterna.

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